
No podía creerlo. Una tarde tediosa le había sonado el móvil… ¿Emma Lorca? Sí, soy yo. Mira, hace tiempo y quizás por otro motivo nos mandaste una carpeta con tus trabajos, creo que ahora tenemos algo que te iría… ¿sigues disponible o has cambiado de idea?
Emma intentaba recordar cuándo había tenido aquel arrebato, cuando pensó que ya estaba bien de quejarse, que algo había que hacer, que siempre se puede cambiar el curso de las cosas. El día que tuvo ese “brote” voluntarista en el que desplegó una actividad inusitada, armando carpetas, haciendo copias, buscando direcciones, confirmándolas y llevando todo al correo… Total, ¿para qué? Nadie había llamado y se olvidó de aquello. En realidad nunca creyó que produciría algún resultado, nunca esperó nada, era la pura acción para justificar que ella, al menos, lo intentaba. Tampoco, quizás, era para justificarse, simplemente lo hizo, siguiendo sus impulsos, y seguramente, si le preguntáramos qué es lo que esperaba de aquello, una expresión de perplejidad se dibujaría en su cara.
No he cambiado de idea, musitó, ¿de qué se trata?
Bueno, antes de explicarte más debo saber si estarías dispuesta a viajar, quizás por bastante tiempo, quizás a ciertas zonas conflictivas, en fin… que si esto podría entrar en tu esquema de vida. Si es que no, entonces ya no hace falta seguir hablando.
A Emma el corazón le latía cada vez más de prisa…
Para entenderla, deberíamos saber que en esa difícil edad en la que hay que elegir qué se quiere ser en la vida y en la que se está muy poco preparado para tomar tamaña decisión, Emma había pensado que quería ser médico. Se pasaba las tardes de verano leyendo a Cronin… y soñaba con ser un médico en las misiones, sacrificándose por los demás y viviendo todo tipo de aventuras. En su cabeza se mezclaba una vida con sentido, en la que se realizara una aportación valiosa que le otorgaba una gran estatura moral, con el exotismo de los negritos africanos o los chinitos a los que el Dr. de las novelas de Cronin ayudaba con esmero. Era una vida novelada o novelesca, según se mire, la vida que se imaginaba Emma para sí misma. Una vida romántica.
Pero cuando finalmente tuvo que decidirse, alguien se cruzó en su camino, alguien a quien admiró. Y esto, unido a que los padres de Emma eran pobres de solemnidad, hizo que cambiara de idea, no sería médico, sería fotógrafa.
Le encantaba la fotografía. La magia del cuarto oscuro, preparar los líquidos, pesando los polvitos en la balanza de precisión… Parecía “bruxería” , como decía su abuela gallega. Tal como le ocurría con todo, aprendió rápido. Incluso las clases de óptica se le hacían sencillas. No recibía más que elogios de sus profesores. ¡Qué futuro promisorio le auguraban!. Pero Emma sentía que todo aquello era falso. Sí, aprendía rápido y superaba a sus compañeros, pero la “llama” de la creatividad le faltaba. Además, y con esto Emma no había contado, un fotógrafo no puede ser tímido, ocultar la cámara, no correr riesgos de ser impertinente o de que lo increpen por atentar contra la intimidad de los demás…. Y así iba por la vida debatiéndose en la duda de hacer lo correcto o estar perdiendo el tiempo en esa revista, acompañando a los periodistas para fotografiar a sus entrevistados, sacando fotos cada vez más rutinarias y tópicas como tópicos eran los textos que allí se escribían. ¿Cómo inspirarse en medio de tanta mediocridad?
Pero ahora le ofrecían, por fin, un maravilloso trabajo acompañando a una ONG de médicos a África, a inmortalizar su labor y sus logros, a ser la fotógrafa oficial del grupo, financiado con fondos europeos… Emma no lo podía creer… Claro que no le importaba el riesgo, ni tenía nada que perder, ni el tiempo que estuviera por ahí (África, nada menos!!) ni tampoco, aunque prudentemente no lo dijo, lo que le pagaran… Sí, mañana mismo tenemos una reunión, a ver si nos ponemos de acuerdo….
Cuando Emma cortó, le faltó tiempo para llamar a Pilar, su amiga y consejera.
Suena maravilloso, dijo cautamente Pilar después oírla en silencio, ¿qué dice Luis?
Caray… Luis….
Emma intentaba recordar cuándo había tenido aquel arrebato, cuando pensó que ya estaba bien de quejarse, que algo había que hacer, que siempre se puede cambiar el curso de las cosas. El día que tuvo ese “brote” voluntarista en el que desplegó una actividad inusitada, armando carpetas, haciendo copias, buscando direcciones, confirmándolas y llevando todo al correo… Total, ¿para qué? Nadie había llamado y se olvidó de aquello. En realidad nunca creyó que produciría algún resultado, nunca esperó nada, era la pura acción para justificar que ella, al menos, lo intentaba. Tampoco, quizás, era para justificarse, simplemente lo hizo, siguiendo sus impulsos, y seguramente, si le preguntáramos qué es lo que esperaba de aquello, una expresión de perplejidad se dibujaría en su cara.
No he cambiado de idea, musitó, ¿de qué se trata?
Bueno, antes de explicarte más debo saber si estarías dispuesta a viajar, quizás por bastante tiempo, quizás a ciertas zonas conflictivas, en fin… que si esto podría entrar en tu esquema de vida. Si es que no, entonces ya no hace falta seguir hablando.
A Emma el corazón le latía cada vez más de prisa…
Para entenderla, deberíamos saber que en esa difícil edad en la que hay que elegir qué se quiere ser en la vida y en la que se está muy poco preparado para tomar tamaña decisión, Emma había pensado que quería ser médico. Se pasaba las tardes de verano leyendo a Cronin… y soñaba con ser un médico en las misiones, sacrificándose por los demás y viviendo todo tipo de aventuras. En su cabeza se mezclaba una vida con sentido, en la que se realizara una aportación valiosa que le otorgaba una gran estatura moral, con el exotismo de los negritos africanos o los chinitos a los que el Dr. de las novelas de Cronin ayudaba con esmero. Era una vida novelada o novelesca, según se mire, la vida que se imaginaba Emma para sí misma. Una vida romántica.
Pero cuando finalmente tuvo que decidirse, alguien se cruzó en su camino, alguien a quien admiró. Y esto, unido a que los padres de Emma eran pobres de solemnidad, hizo que cambiara de idea, no sería médico, sería fotógrafa.
Le encantaba la fotografía. La magia del cuarto oscuro, preparar los líquidos, pesando los polvitos en la balanza de precisión… Parecía “bruxería” , como decía su abuela gallega. Tal como le ocurría con todo, aprendió rápido. Incluso las clases de óptica se le hacían sencillas. No recibía más que elogios de sus profesores. ¡Qué futuro promisorio le auguraban!. Pero Emma sentía que todo aquello era falso. Sí, aprendía rápido y superaba a sus compañeros, pero la “llama” de la creatividad le faltaba. Además, y con esto Emma no había contado, un fotógrafo no puede ser tímido, ocultar la cámara, no correr riesgos de ser impertinente o de que lo increpen por atentar contra la intimidad de los demás…. Y así iba por la vida debatiéndose en la duda de hacer lo correcto o estar perdiendo el tiempo en esa revista, acompañando a los periodistas para fotografiar a sus entrevistados, sacando fotos cada vez más rutinarias y tópicas como tópicos eran los textos que allí se escribían. ¿Cómo inspirarse en medio de tanta mediocridad?
Pero ahora le ofrecían, por fin, un maravilloso trabajo acompañando a una ONG de médicos a África, a inmortalizar su labor y sus logros, a ser la fotógrafa oficial del grupo, financiado con fondos europeos… Emma no lo podía creer… Claro que no le importaba el riesgo, ni tenía nada que perder, ni el tiempo que estuviera por ahí (África, nada menos!!) ni tampoco, aunque prudentemente no lo dijo, lo que le pagaran… Sí, mañana mismo tenemos una reunión, a ver si nos ponemos de acuerdo….
Cuando Emma cortó, le faltó tiempo para llamar a Pilar, su amiga y consejera.
Suena maravilloso, dijo cautamente Pilar después oírla en silencio, ¿qué dice Luis?
Caray… Luis….
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